martes, 21 de febrero de 2012

Perdido en La Plata

... El trepidar exitante de los trenes desliza deseos en la medula y en los riñones.

Si hay una ciudad ideal para perderse esa es La Plata. La capital de la provincia de Buenos Aires es una ciudad planificada a fines del siglo 19 cuya característica distintiva es poseer una serie de diagonales que hacen que, a menos que uno sea platense de nacimiento, perderse sea obligatorio.
Conozco La Plata. Su estación, el bosque, la plaza Moreno, la catedral. Sus numerosos símbolos y monumentos y sus varios edificios admirables. Por eso para perderme con mayor facilidad en lugar de llegar en tren hasta La Plata bajé una estación antes, en Tolosa, con la idea fija de doblar en la mayor cantidad de esquinas posibles hasta perder la orientación. A pocas cuadras no sabía donde estaba parado ni para donde iba. Para colmo tomé una diagonal perdida en el mapa con una hilera de tilos sugerentes sobre sus sombras del atardecer. Sin querer vi un cartel que decía calle 4.
Las casas bien construidas de La Plata se enseñorean con una muestra diversa de estilos. Las aceras monótonas responden casi siempre a algún viejo plan de unificación, con baldosas color vainilla con una guarda roja. Al mirar por sobre esas baldosas, de repente, me di cuenta que estaba perdido.
Lo disfruté y me detuve un instante. Sentí que mi alma estaba dentro mio refugiada y ese era el lugar en el que siempre debería estar.
Di unos pasos enseguida, con tanta mala suerte que al levantar la vista divisé el edificio de la Terminal, me orienté, respire hondo y caminé hacia el centro.

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