martes, 21 de febrero de 2012

Perdido en Adrogué

...Adrogué es una isla rodeada de tierra a la que los barcos llenos de hollín no pueden llegar. Desaparecen misteriosamente bajo un oleaje de hojas.

Esta vez quería perderme fácil, la tarde recién nacía y había decidido apostar fuerte al rumbear hacia los suburbios más desacomodados del Gran Buenos Aires. Tomé el tren de la llamada vía circuito del ferrocarril Roca, que a poco de doblar en el empalme de Villa España se balanceaba como un puñal en mano temerosa avanzando hacia la carne de fierro.
Poco a poco todo se desalineó. Bosques, Florencio Varela, Ardigó, chaperíos de barro y yuyo que corrían hacia atrás por la ventana, hasta que cerré los ojos, hasta que los otros sentidos despertaron. La cumbia de los celulares aplastaba hasta el mismísimo ruederío y el vaho de pieles polvorientas se confundió con un extraño humo que venía del furgón. El tren se detuvo unas 3 o 4 veces hasta que perdí la cuenta y abrí los ojos repentinamente frente a un parque que me invitó a bajar. Traté de no mirar el cartel de la estación pero unas grandes letras en blanco aparecieron frente a mí: Rafael Calzada. ¡Maldición, conozco Rafael Calzada!
Estaba otra vez como al principio, orientado perfectamente. Hasta podía ver a distancia la barrera de la avenida San Martín con un arco enorme que justamente decía "Bienvenidos a Rafael Calzada". No era mi día.
Caminé con frustración unas 40 cuadras. Sabía que iba hacia el oeste por el sol al frente y me desvié entonces por una calle de sombras y empedrado sin almas. Una a una las formas se cayeron, los colores se mezclaron y el silencio tapo mis oídos. Sólo había un farol encendido. Vi de repente el último auto y la última casa, me detuve y miré a mi alrededor en un giro de vuelta completa y supe al instante que no estaba en ninguna parte. Yo también había desaparecido.
- ¿Me dice la hora?

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio