sábado, 14 de abril de 2012

Diario del viaje a Chile

Si lo más feo de los viajes son las despedidas es probable que lo más lindo sea volver. En Chile me estaba sucediendo eso...

En octubre de 2011 pude cumplir un anhelo que se hizo esperar bastante. Es que desde 1992 hasta 1999 había ido 9 veces a Chile, pero desde entonces diversas cuestiones de la vida me habían impedido volver. Otros destinos se habían cruzado en mi camino. Este diario es un análisis comparativo del tiempo trascurrido y el reflejo de un gran deseo cumplido: Volver al gran desierto de Atacama. El relato completo del viaje más algunas fotografías pueden verse acá.
Creo que los viajes no terminan con el regreso, más bien continúan por un tiempo y no solo en el recuerdo sino en los cambios que producen en la cabeza del viajero. En este caso el cambio producido ha sido grande. Significa para mí el comienzo de una nueva etapa en la que redescubro el viajar como una forma de vida, que se acerca al ideal mucho más que la vida sedentaria y rutinaria. La humanidad ha sido nómada la abrumadora mayoría de su existencia en la tierra. Solo el advenimiento de las ciudades ha cambiado el cuadro en las últimas centurias. Pero creo firmemente que es una elección pasajera.
Cuando disfruto el viajar, cunado lo anhelo estando en casa me doy cuenta que hay una fuerza reprimida en los hombres que algún día va a revelarse. Existen casos de personas en las que esa fuerza ya se ha revelado y llevan una vida de viajeros permanentes y son felices. Yo lucho por llegar a esa vida y créanme que la siento cada vez más cerca.
Un saludo a todos los viajeros que han leído este diario, los espéro en el próximo, a partir de junio de 2012 por Colombia, Venezuela y quizás más...

lunes, 9 de abril de 2012

Lunes de río

... Yo fui mi sombra y ella el paisaje. En ángulo confuso. ¿O es acaso imposible que el reflejo sea el mismo sol?

Río de Quilmes. Ese lugar donde confluyen los amores fugaces de ramas y gaviotas y un biguá negro como un hoyo negro, se anima a acercarse a un hombre solitario, si estar rodeado de tanta abundancia puede llamarse soledad.
Es lunes, condimento necesario para mantener alejadas las muchedumbres, para recortar con mayor facilidad las siluetas y disfrutar del silencio del oleaje.
El río está ahí, ofreciéndose. Meterse en él es una obligación. Sentir las distintas temperaturas del agua en los pies sumergidos en el río resulta un juego de frío frío caliente caliente, como en un veo veo en el que las corrientes se mezclan, en el que no hay sol ni viento que gane la partida. No está mal sentirse parte de pez de pez en cuando.
Adentrarse en él es adentrarse en uno. Estar en el río con el agua en las rodillas da el beneficio de haber perdido la última huella, de sentir que no venimos de ninguna parte y que podemos ir hacia cualquiera, algo muy simple pero que en las calles, como en la vida, cuesta años de aprendizaje. Es una muestra de lo que se puede aprender del río, mi maestro predilecto.