lunes, 9 de abril de 2012

Lunes de río

... Yo fui mi sombra y ella el paisaje. En ángulo confuso. ¿O es acaso imposible que el reflejo sea el mismo sol?

Río de Quilmes. Ese lugar donde confluyen los amores fugaces de ramas y gaviotas y un biguá negro como un hoyo negro, se anima a acercarse a un hombre solitario, si estar rodeado de tanta abundancia puede llamarse soledad.
Es lunes, condimento necesario para mantener alejadas las muchedumbres, para recortar con mayor facilidad las siluetas y disfrutar del silencio del oleaje.
El río está ahí, ofreciéndose. Meterse en él es una obligación. Sentir las distintas temperaturas del agua en los pies sumergidos en el río resulta un juego de frío frío caliente caliente, como en un veo veo en el que las corrientes se mezclan, en el que no hay sol ni viento que gane la partida. No está mal sentirse parte de pez de pez en cuando.
Adentrarse en él es adentrarse en uno. Estar en el río con el agua en las rodillas da el beneficio de haber perdido la última huella, de sentir que no venimos de ninguna parte y que podemos ir hacia cualquiera, algo muy simple pero que en las calles, como en la vida, cuesta años de aprendizaje. Es una muestra de lo que se puede aprender del río, mi maestro predilecto.

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