A punto de perderse
... Las rutas son como las venas, llevan la sangre que hay dentro nuestro de nuevo al corazón.Plaza Constitución, un domingo al mediodía. Salir del gran hall es esquivar una decena de cuerpos sucios arrinconados sobre el sucio piso. Afuera, la vendedora de jugo de naranja se abrasa bajo el último sol del verano mientras pocos colectivos nos muestran las calles más anchas. Tomo la calle Brasil y sin pensarlo paso debajo de la autopista hacia Parque Lezama, primera parada de un tour clásico por el Buenos Aires de siempre. La soledad de las grandes ciudades se me grafica en un viejo barbudo en camiseta leyendo un diario que no es de hoy en uno de los bancos del parque, justo donde la barranca es un viaje de ida que no lleva a San Telmo. Tomo entonces Defensa hacia el norte y ahí y hasta Plaza de Mayo, todo es una continua kermesse de tango Mafalda y Evita, en la que las rubias del hemisferio norte pueden conocer el choripán.
Después, que importa del después, Florida, Plaza San Martín y Retiro yacen abúlicos, languideciendo opacadas frente al colorido del barrio sur. Es curioso como el alma de la ciudad deambula según las épocas y lo que ayer fue cementerio hoy cobra vitalidad para morir alguna nueva vez. En Retiro se huele a Paraguay.
Volviendo al sur por la 9 de Julio me doy cuenta que el sol ya no se ve ni mirando hacia el oeste y siento alivio del sufrido calor de marzo. La brisa del plata cobra fuerza y me agrada. Antes creo haber visto un reflejo de fuego en Diagonal Norte. Estoy casi exhausto cuando llego al obelisco y no es para menos, he caminado las últimas siete horas por lugares conocidos, propios, por los que me es imposible perderme. Cuando uno camina las mismas baldosas que ya caminó muchas veces se cansa más.
El obelisco no está solo. A sus pies y entre una treintena de motos y motoqueros estacionados en la Plaza de la República está ella, Belén, una chica frágil de 24 años que está a punto de cumplir su sueño de perderse: Partir con Filomena, su Honda Biz, sin tiempos ni destino exacto, en un viaje por América y con México en la mente. Historia que puede demostrar como una ciudad enorme puede quedar chiquita.
Ya oscurece. Mis saludos a Belén son el anuncio de una partida por partida doble. La de ella y la mía, ya de noche y sombría, hacia el arrabal. Habré de extrañar Buenos Aires cuando me pierda, pensé.
Después, que importa del después, Florida, Plaza San Martín y Retiro yacen abúlicos, languideciendo opacadas frente al colorido del barrio sur. Es curioso como el alma de la ciudad deambula según las épocas y lo que ayer fue cementerio hoy cobra vitalidad para morir alguna nueva vez. En Retiro se huele a Paraguay.
Volviendo al sur por la 9 de Julio me doy cuenta que el sol ya no se ve ni mirando hacia el oeste y siento alivio del sufrido calor de marzo. La brisa del plata cobra fuerza y me agrada. Antes creo haber visto un reflejo de fuego en Diagonal Norte. Estoy casi exhausto cuando llego al obelisco y no es para menos, he caminado las últimas siete horas por lugares conocidos, propios, por los que me es imposible perderme. Cuando uno camina las mismas baldosas que ya caminó muchas veces se cansa más.
El obelisco no está solo. A sus pies y entre una treintena de motos y motoqueros estacionados en la Plaza de la República está ella, Belén, una chica frágil de 24 años que está a punto de cumplir su sueño de perderse: Partir con Filomena, su Honda Biz, sin tiempos ni destino exacto, en un viaje por América y con México en la mente. Historia que puede demostrar como una ciudad enorme puede quedar chiquita.
Ya oscurece. Mis saludos a Belén son el anuncio de una partida por partida doble. La de ella y la mía, ya de noche y sombría, hacia el arrabal. Habré de extrañar Buenos Aires cuando me pierda, pensé.

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